Gracias por tanto, gordo:

 

Te quiero contar lo que pasó una noche. Una noche trágica. Mi mejor amigo vive en Argentina, pero es mexicano, como yo. Fue por él que empecé a leerte, un día me pasó un texto que comparaba a Messi con un perro, después vino otro donde dos niños de kínder hablaban como adultos y, después, otro más sobre la edad de los países. Así fue como poco a poco empecé a quererte. Maldito el día que empecé a quererte. Continue reading

El único pecado

El otro día pedí una ensalada por delivery. Cuando llegó estaba en un recipiente de plástico, envuelto en papel film. El recipiente era transparente y, por si alguno de ustedes nunca lo vio, el papel film también era transparente.

Hoy quiero escribir sobre algo que me ha estado preocupando mucho. Yo creo que hay un solo pecado, uno que es terrible. Eso de no matarás, no desearás a la mujer de tu prójimo, no robarás me parece sentido común. Digo, ¿en verdad Dios tuvo que venir para decirnos “oye güey, robar está mal, no lo hagas”? Eso habla muy mal de nosotros como especie. Hay muchos “pecados” que no sólo no me parecen pecados, sino que me parecen necesarios. Como fornicar. Fornicar es hermoso y Dios lo sabe. Debería ser un mandamiento “Sí fornicarás”. ¿Cuántas guerras habríamos evitado si los líderes involucrados se hubieran echado una buena fornicación antes de empezar una guerra? Imagínense si Rihanna y Natalie Portman se hubieran fornicado a tiempo a Hitler. Cuántas vidas habrían salvado. Continue reading

Tres consejos

-La ves. Caminas hacia ella. La toalla ya quedó atrás y te tomas un momento para quitarte el calzado. Mientras sigues caminando hacía ella, sientes el contacto de tus pies descalzos con el piso, pero no le quitas los ojos de encima. A veces, sientes frío en todo tu cuerpo, tal vez piensas que no es el mejor momento para hacerlo pero la decisión está tomada. Te acercas cada vez más. Cada vez más rápido, porque si lo vuelves a pensar, si vuelves a titubear, no lo haces. Corres. Saltas. Tienes un instante en el cual preparas cuerpo y mente para el recibimiento, que no sabes bien si será bueno, frío o helado. Cierras los ojos. Ya estás ahí. Continue reading

Para Lelos

Para lelo

Para mí era un día cualquiera, un 10% más divertido que cualquier martes, pero un martes al final. Ese décimo extra de diversión me lo regalaba mi cuate Javi, que me invitó a cenar con sus amigos. Javi es a toda madre y mi martes parecía más bien que el lunes esa semana decidió durar 48 horas, así es que obvio le dije que sí. Una vez que terminé el diseño de la fachada de un proyecto, di por terminado mi día laboral e inauguré mi noche social, tomé mi auto y me dirigí al bar donde me esperaba Javi y quién sabe quien más. Continue reading

Microrrelatos

El gigante

Para ver las estrellas, bajaba su mirada.

La vida después de la muerte

“Te quiero como amigo” le dijo ella. Él murió y continuó con su vida.

El mudo

Toda su vida fue mudo. Una vez alguien lo escuchó confesarse “La verdad es que soy perezoso”.

El rastreador

Había hecho una fortuna encontrando todo los que sus clientes le pedían que buscase. Un día alguien le pidió encontrar Google. Murió de hambre años más tarde.

La cita

Se paró enfrente del espejo. Se cepilló los dientes. Se lavó la cara. Hasta se peinó. Salió del baño. Y se puso su pijama. Se quedó dormido y llegó puntual a su cita con ella.

El perezoso

Llegó a la mitad del cuento y cayó muerto de sueño. Leía El dinosaurio de Monterroso.

La familia

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Juan y Mauricio

-¿Qué te gustan más? ¿Grandes, muy grandes, medianos pero firmes? ¿Chicos, capaz? ¿Tres pezones? Digo, cada quién su fetiche. – Le preguntaba Mauricio a su amigo.

-¿Tres pezones, depravado?

-¿Me estás preguntando o esa es tu respuesta?

-No mames, déjate de mamadas y organízate la fiesta, y por favor que venga Marisa. Hace un montón que me la quiero dar, tengo más ganas de coger que un güey que acaba de salir de la cárcel. – decía Juan, mientras miraban un programa de gimnasia protagonizado por una chica venezolana de pantalones ajustados que repetía “Vamos, así, fuerte, bien” sistemáticamente.

-Llámale tú.

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Intercambio

Para los 5 pisos de Azul

Tenía ganas de verla. Mentira. Me habría cortado un huevo por verla. Claro que verla no hubiese bastado; mis labios tendrían que hacer contacto con los suyos, mis ojos con sus senos, que rozaban la perfección, mi huevo restante con su entrepierna y su ropa con el suelo de mi cuarto. Un huevo por una noche así no sonaba a mal negocio en ese momento.

Era viernes, después de mi clase de Dirección de Empresas II, en la que me pasé dibujando en un cuaderno, decidí llamarle a Clara.

-¿Clarita, cómo estás?

–  Todo bien ¿y vos? – Respondió, con ese acento porteño que hace sonreír a cualquier extranjero.

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